No me quedaba un gramo de azúcar y esta sería mi última taza de café en un buen rato, algo me lo decía. Algún imbécil determinó que los hombres, los verdaderos hombres, beben su café negro, fuerte, y solo. Pues entonces soy una marica porque a mí me gusta con azúcar y crema, mucha crema. Caminé hasta la puerta del vecino de enfrente. “Noc, noc.” Abrió la puerta de golpe.
- Arturo, ¿qué pedo?
Parecía muy contento de verme. No vestía nada más aparte de bóxers sucios y una bata de colores rosa y azul con corazoncitos, su aspecto holgazán contrastaba con la pulcritud de la bebida que sostenía en la mano: un mojito perfectamente preparado, incluso tenía una pequeña sombrilla naranja. La calma de mi vecino ignoraba completamente los gritos que llegaban del interior de su departamento.
- ¡Eres una mierda! ¡Te odio! ¡Te oooooodio!
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