Me costó trabajo entender porque mis padres no hablaban, porque siempre agitaban las manos en el aire como si quisieran decir algo. Quizás el culpable fue Kalimán o el Llanero solitario, pero mis primeras palabras eran bosquejos de frases escuchadas en algún comercial de lavadoras que presumía dejar la ropa impecable después del chaca-chaca: aún no entiendo bien aquel comercial.
Me pregunto por qué nadie ha inventado una aspiradora con silenciador.
Trato de evitar la “y”. Toda la infancia fui vituperiado por mis compañeros por hablar chistoso, con distintos tonos. Por gritar los goles como Ángel Fernandez, por responderle a la maestra con canciones y por relatar eventos con palabras como: “el siniestro” o “los sucesos acontecieron”.
Me gusta el silencio y las mujeres con pecas. Ellas me desprecian rodeadas de ruido.
Creo que empecé a evitar algunas palabras cuando cumplí dieciocho, inclusive escribirlas, por alguna razón me abruman las letras muy grandes, como en los espectaculares o los anuncios.
Es difícil explicar la vida cuando aprendiste a hablar con la televisión, cuando sólo te retroalimentan mujeres lejanas u hombres vestidos de grillos.
No me gustan los correctores de tinta ni los sordomudos, aunque prefiero lo primero que lo segundo.