Si te cuento sólo vas a decir que soy un imbécil. Y pus sí, igual y sí soy. El problema es que hay cosas que uno ve, no importa dónde y ya las vio. ¿Me entiendes?
O sea, lo que digo es que al final, una culerada es una culerada ¿no? No importa dónde pase, quiero decir… El lugar no es importante ¿o sí?
Aunque no sea con estos ojos, yo ya lo vi, o siento como si lo hubiera visto. Eso es lo que importa ¿no?
Todo era como muy, no sé cómo decirte… como real. Como si fuera una película, como si te estuviera viendo y tú no supieras. Como si yo tuviera estos ojos que pueden seguirte a todos lados, desde nuestra cama.
Y normalmente estas cosas pasan todas revueltas ¿no? Así, sin orden, ni sentido, y uno les tiene que ir encontrando. Pero esto no era así, tú estabas ahí nada más, y yo te veía. Todo el tiempo.
Me fijaba bien en ti, en cómo caminas, en tu voz. Me fijaba en la ropa que traías y en tu sonrisa. Era la que te sale cuando quieres algo. Luego más bien pensaba que te veías bonita y eso me hacía sentir suertudo.
Llegabas como siempre, a tu trabajo, a hacer lo que me imagino que haces en ese lugar que no conozco. ¿Por qué no lo conozco?
Es curioso eso que pasa con los lugares; como que cambian ¿no? Y uno ni se da cuenta, de pronto están ahí o no, y ya. Y no importa.
¿Qué pasaba?
No sé bien. Como que te ibas o algo.
No… No.
Ahí aparecía ese güey.
Un pelado.
Te preguntaba por alguna jotería así de metrosexual. Tú le decías que no te había llegado, pero que la próxima semana, o algo así. Pero luego luego se veía que ustedes ya se conocían.
Se veía clarito.
También se veía clarito que no estabas contenta, que estabas arrepentida. Que en el fondo y sin siquiera saberlo, lo hacías para molestarme, pero que ya.
Que estabas arrepentida.
Te ibas con él para decirle. Para que supiera. Le decías que no. Que te dejara en paz. Que lo odiabas y que no lo querías ver nunca. Le decías: “Ya déjame, déjame en paz. ¡Lárgate!” Y te ponías a pensar en mí. Digo, no lo sé, pero yo creo.
Pensabas en mí.
Ya después agarrabas de regreso. Venías todo el camino como con cara de que te dolía algo, como que te sentías mal.
Y la cosa es que cuando uno ve algo, ya lo vio, ¿me entiendes? Y yo podía ver todo, oír todo, saber todo. Nunca me había pasado así.
Llegabas a la casa por fin, con ganas de quitarte los zapatos porque ya no los aguantabas, y de hacerte un café para quitarte el frío.
Y pensabas: “ojalá que ya se haya ido este güey, ojalá que ya se haya ido este güey, ojalá que ya se haya ido este güey”.
Pero entrabas al cuarto, y me veías ahí, acostado en la cama y nada más de verme, te sentías peor. Igual te aguantabas y te acostabas junto a mí como si hubieras estado escuchándome desde el principio.
Y Yo te decía: “¿Fumaste verdad?”
Pero tú no me contestabas nada, entonces yo me levantaba de la cama porque no quería sentirte ni tantito cerca, pero te seguía viendo por el reflejo del espejo. Empezaba a vestirme para irme la chamba. Le daba un trago a una cerveza tibia y veía que sonreías, pero yo no te creía nada. Y de pronto me decías toda dulce: “Eres un imbécil” como diciendo “Ya”, como para que me contentara, pero a mí me daba todavía más coraje, y no sabía qué hacer. Nada más podía verte a través del reflejo, esperando animarme a decirte lo que quería.