Tinta de desierto

por Alan Sobrino

Los desiertos de la muerte en la obra de Astrid Novamendi

“Tinta de desierto” (Ediciones en negativo, 2009) es la nueva novela de la brillantísima autora guatemalteca Astrid Novamendi. De publicación reciente, la autora se confirma como una de las más antiguas promesas de la literatura guatemalteca; desafortunadamente la mayoría de los países (y su editoriales) se han olvidado de la que ya podría ser una de las voces más influyentes de esta primera parte del siglo, solo comparable con Roberto Bolaño o Ricardo Piglia.

Esta última novela de Novamedi es solo apta para lectores acostumbrados a bañarse en tinas de mercurio, al más puro estilo de Cocteau. El texto comienza con un extraño suicidio en el desierto: un enano que viaja desde la capital guatemalteca hasta el desierto de Altar en Sonora para beber un galón de tinta de tonner, aquella que es usada en fotocopiadoras. A partir de la muerte del enano se desencadenan una serie de personajes poco comunes: Mariachis pedo/necro/zoofilicos, es decir músicos folclóricos que se excitan con cachorritos muertos o se introducen viboritas muertas en el ano, prostitutas falsas que se dedican a plantar ropa interior con sus fluidos en automóviles de hombres decentes, un mimo que sueña con ser abogado y una niña que esta decidida a construir una fabrica de pecas. Tejiendo la vida de estos curiosos personajes como Moira posmoderna Astrid Novamedi utiliza la muerte como su aguja y se sirve de la tragedia como la puntada que facilita una estética sombría y amoral. De esta manera nos encontramos con muertes poco comunes como la mujer que come sopa de letras hasta provocarse un infarto o el hombre que aborrece los lugares comunes y se lanza desde un décimo segundo piso para estrellarse contra un piano, lo que resulta en un cuasi lugar común. Estas muertes aisladas son también el cordón umbilical del texto, sin estas muertes, que conducen a velorios, los inusitados personajes nunca se conocerían y mucho menos convivirían con la vulnerabilidad y naturalidad con que lo hacen. La muerte ajena nos desnuda y, como dice la autora, nos sumerge en los velorios que no son más que los desiertos de la muerte.