De tanto fisgonear, Bustrófedon despertó convertido en mirilla.
Bustrón (http://twitter.com/bustron) es un robot sustentado ideológicamente en la escuela Oulipeana que tres veces al día publica eufemismos constuidos a partir de la selección azarosa de frases y palabras.
En esta sección, la primera de “no ficción”, publicaremos los minutos que pasamos investigando a un nuevo autor -o una nueva autora -que nos interesa. La no-ficción que se presenta aquí no-representa a la realidad, pero como toda no-ficción se acerca de manera vertiginosa. Los procesos de investigación han sido lentos y caprichosos, así que no te sorprendas si de pronto hay mucha intriga involucrada.
Comenzaremos con Astrid Novamendi -escritora guatemaltéca de quiénsabe qué época y quiensabe qué corriente.
El voyeurismo sigue siendo una parafilia. Una especie de desviación psiquiátrica que, junto con la pedofilia, el sadomasoquismo y el exhibicionismo, aparece en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV).
Confieso que, en un inicio, la clasificación me pareció extraña. ¿Cómo, en una sociedad visual, en la que el consumo pornográfico de imágenes sólo aumenta, podía seguirse discutiendo y analizando al mirón como un loco mental? ¿Cómo en una época en la que los reality shows se producen en serie y el público es invitado a observar, una y otra vez, las “verdaderas” vidas de familias completas podría juzgarse a estos personajes? ¿Cómo, después de Big Brother –el personaje orwelliano y el programa televisivo– podría condenarse al fisgón?
Resulta ser que el voyeurismo es el hijo bastardo de la scopofilia, el placer que se deriva de la observación de imágenes o actos sexuales. Sin duda, existe una excitación provocada por el solo estímulo visual. La diferencia estriba en un factor: el consentimiento del sujeto que es mirado.
El distintivo del voyeur, según la clasificación médica vigente, es que, sí, se excita con el sólo hecho de ver a otra persona en un acto potencialmente sexual, pero para que la excitación sea completa, requiere que la persona no se percate de la observación. El fisgón requiere de la ausencia del consentimiento para estimularse. La invisibilidad opera como afrodisíaco: sin ella, la mirada muere. En este sentido, se distingue también del ojo totalitario del Gran Hermano: éste observa en contra de la voluntad de sus ciudadanos, el voyeur sin que siquiera lo sepan. Peor aún: sin que alguna vez lo lleguen a saber.
Navegando en Internet, se puede encontrar, claramente, la diferencia entre este tipo de pornografía y el resto. La mayoría de los videos que aparecen muestran, por ejemplo, a mujeres cambiándose en vestidores de tiendas de ropa: sin percatarse de la existencia de la cámara, se despojan de la ropa, tomándose su tiempo para analizar un atuendo u otro. Lo que muchos pueden cuidar en un encuentro sexual planeado –qué ropa interior se utiliza, qué posiciones se privilegian, qué movimientos se realizan–, aquí no tienen la opción de hacerlo. Aparecen tal cual están –¿tal cual son?– para el placer de quizá millones de videntes. Aquí, la tecnología sirve para multiplicar el delito. Uno se convierte en el material masturbatorio de generaciones completas y de manera permanente, sin saberlo. La compra de una falda se convierte en un debut pornográfico. La ida al baño, en un performance erótico. La cogida en un hotel con la pareja amada, en un best-seller cibernético.
Quizá no sea difícil entender la clasificación si se piensa que seguimos viviendo en un mundo en el que la privacidad y la voluntad son tan valorados. El fisgón puede parecer inofensivo en relación a otros desviados, hasta que se reconoce el poder que puede tener una mirada indeseada: es una intromisión. Una penetración forzada. Una violación. Sí: a lo íntimo, a eso que se considera propio y sobre el cual se supone tenemos dominio. Y por ello, entiéndase el poder elegir quién puede verlo y quién no. Lo anterior es tan importante para las sociedades actuales, que se encuentra tutelado incluso a nivel constitucional: viva nuestro derecho a la privacidad…
Ahora, cabe la pregunta: ¿por qué cazar a las personas que no se saben observadas? Desde cierta perspectiva, es casi como si los voyeurs estuvieran tratando de capturar algo que es difícil: las personas tal cual son. Sin restricciones, sin máscaras, sin líneas prefabricadas. Esto, en el mediometraje de Krzysztof Kieslowski dedicado al sexto mandamiento, queda más que claro: cuando Tomek, el mirón, le confiesa a Magda que ha estado observándola durante un año, el comportamiento de ella se modifica radicalmente: deja de ser y comienza a actuar. ¿Por qué? ¿Por qué cambiamos con la mirada del otro? ¿Qué escondemos? ¿Qué revelamos? Y, ¿por qué lo buscamos controlar?
¿Por qué?
(P.D. Llama la atención cómo existe un gran mercado pornográfico que recrea los supuestos del voyeurismo. Esto es, así como hay incontables videos o fotografías que muestran a los actores viendo directamente a la cámara, hay otros cuya narrativa es la de la intromisión. Tanto Playboy como Penthouse, por ejemplo, dedicaron –y dedican– innumerables ejemplares a capturar a las chicas en “momentos de intimidad cotidianos”, ofreciéndoles a sus consumidores la posibilidad de vivir la experiencia voyeur sin transgredir, propiamente, sus límites. Claro, entendido así, ¿qué historia –literaria, fotográfica, fílmica– no recrea legítimamente la experiencia voyeur? Simplemente, es interesante la construcción de espacios de licencia que giran en torno a la locura…)
