Las braguitas descienden por sus piernas apenas rozando la estirada carne que está lejos de asemejarse a aquella piel de juventud. No se pone bata, ni se cubre de ninguna manera; se sabe sola.
No hay velas ni espuma ni mucho menos una botella de champagne. Tan solo una burda cerveza cuyo frío contrasta con el vapor que despide el agua en la tina. No podríamos precisar la marca de la cerveza pues la etiqueta se ha desprendido.
De sus pensamientos no alcanzaríamos a barruntar nada, pero si lo hiciéramos seguramente diríamos que se va a masturbar, la desnudez nos obliga a pensarlo.
Se seca las manos con una toalla previamente acomodada al alcance de las manos para no tener que abandonar la bañera, cerca también, encuentra una revista para mujeres, cuyo target son las féminas mayores de treinta años. En la revista encuentra un vestido roja de una tela desconocida. Salta la pagina sin siquiera imaginarse en aquel vestido.
Sale de la bañera y el agua asentada en su cuerpo se precipita violentamente de vuelta hacia la tina. Se mira al espejo, evita la báscula. Se sienta desnuda sobre el asiento del escusado, allí atiende las uñas de sus pies. Las corta, lima y por último utiliza un barniz comprado en Colombia que lleva el nombre de coqueta.
Peina con los dedos sus descuidados vellos púbico, aunque pronto los deja.
Con el cepillo que planeaba usar para peinarse comienza a contar sus pecas y lunares, decide que prefiere las pecas, todos lo hacemos.