Hipermnesia Inmobiliaria

por Tania Osorio y Javier Rivero

Alguien me contó una vez, erroneamente, que la memoria era una facultad exclusiva del hombre. Yo quería explicarle cómo a esos objetos que aceptamos en nuestra vida diaria les otorgamos la facultad de recordar. "Esa colcha no es sólo una tela, o blanco, es un testigo". Ya no le dije nada porque todo esto se me ocurrió mientras le daba la tercer mordida a una torta, horas después. Pero le hubiera dicho, con gestos enormes, que esa nostalgia tan...mmm...elocuente despertada por algunos objetos, por algunos muebles, por algunos olores, por algunos suéters, es en realidad la manifestación gritona de esa relación íntima e implícita que guardas con las cosas que comparten la vida contigo. Les confías los recuerdos que de otra forma olvidarías, para que te los guarden un rato.

¿Y si le pidieran a ese sofá subir al estrado para testificar? ¿Y si le preguntáran quién fui?

¿Las manchas de Boing evidenciarían mi negligencia o aplaudirían mi amor por el azúcar? ¿La decoloración le diría al jurado dónde y a qué hora me sentaba a leer?

Como si el tapete de mi baño o los manteles que pasan la mayoría del día ocultos en un cajón no tuvieran los suficientes argumentos para demostrar cualquier suposición sobre mi vida, ahí está mi sala; la sala.

¿Qué diría mi sala? Habría que preguntarle a un psicólogo lacaniano para averiguar de las pulsiones y los lapsos contenidos en mi sala. ¿Es el espacio de tránsito público o mi podio de exhibición? ¿Es un reflejo de mi identidad o una representación de lo que asumo que es mi identidad o la meta representación de lo que imagino que los demás asumen que soy?. Llegué a la conclusión de que mi sala sería diagnosticada de histeria y la mandarían a casa con un frasco de chochos.

Quería decirle todas estas cosas pero se me ocurrieron después.

Javier Rivero