No me quedaba un gramo de azúcar y esta sería mi última taza de café en un buen rato, algo me lo decía. Algún imbécil determinó que los hombres, los verdaderos hombres, beben su café negro, fuerte, y solo. Pues entonces soy una marica porque a mí me gusta con azúcar y crema, mucha crema. Caminé hasta la puerta del vecino de enfrente. “Noc, noc.” Abrió la puerta de golpe.
- Arturo, ¿qué pedo?
Parecía muy contento de verme. No vestía nada más aparte de bóxers sucios y una bata de colores rosa y azul con corazoncitos, su aspecto holgazán contrastaba con la pulcritud de la bebida que sostenía en la mano: un mojito perfectamente preparado, incluso tenía una pequeña sombrilla naranja. La calma de mi vecino ignoraba completamente los gritos que llegaban del interior de su departamento.
- ¡Eres una mierda! ¡Te odio! ¡Te oooooodio!
Una mujer gritaba con fuerza horripilante; su voz se escuchaba ronca e histérica.
- Ignórala. Es la única manera.
- Okey.
- Pásale.
No era la primera vez que entraba en su departamento, por lo que no me sorprendieron las botellas de vino tiradas por todas partes, los poemas abandonados en el suelo, o las decenas de libros apilados como hormigueros.
- ¿En qué te puedo ayudar vecino?
- Pues a ver si me podías regalar un poquito de azúcar.
- ¡Te crees un hombre, pero no eres más que una puta marica sin talento!
- ¡Cállate maldita perra, tenemos invitados! ¡Cállate! ¡Cállate!
Regresó sin un problema a su pasividad de las nueve de la mañana.
- Discúlpame por eso. Ahora, ¿qué querías?
- Azúcar.
- ¡Ah, por supuesto!
La cocina apestaba a mierda, a comida que ya ni los hongos se atreverían a tocar. Por un momento consideré tomar mi café negro y solo. Empujó unos platos de la mesa con el brazo y puso ahí su trago. Abrió un bote transparente, tomó mis manos y las colocó a manera de recipiente, de indigente en National Geographic.
- Aquí tienes.
Tomó un puñado de azúcar y lo vertió en mis manos, luego otro.
- ¿Algo más que pueda hacer por ti?
- No, no, muchísimas gracias.
- Ni lo digas.
Mientras salíamos de la cocina me paró con la mano izquierda mientras una botella volaba frente a mi rostro y se iba a estrellar contra la pared.
- ¡Maldita puta casi le pegas a Arturo! ¡Quiero que te largues de aquí ahorita mismo, pendeja! ¡Te largas o te mato!
Sólo escuché sollozos mientras él corría adentro de la cocina y luego salía con un cuchillo sucio en una mano, su mojito en la otra. Caminé hasta la puerta y me topé con el dilema de tener que tirar mi azúcar para abrirla y me detuve en seco con una expresioncita de consternación. Lo notó, dejó su cuchillo en el suelo y caminó hacia mí.
- Deja te ayudo.
- Gracias.
- Ey, ¿para qué son los buenos vecinos?
- Tú lo has dicho.
Caminé hasta mi puerta para encontrarme con el mismo problema de manos llenas de azúcar. Pensé en mi café y como ahora tal vez sería un buen momento para convertirme en un verdadero hombre.