hace poco inventamos:

Interior de una sala. Día.
SILENCIO. Las paredes son blancas. El techo es blanco. El piso está recubierto por losetas blancas. Del lado derecho, las escaleras blancas. Al pie de éstas, el cuerpo de un hombre vestido completamente de negro yace bocabajo, inmóvil. De su cabello caen pequeñas gotas de sangre que manchan el piso. Arriba, en el corredor que lleva a las escaleras, recargado sobre el barandal negro, un niño observa, lágrimas en los ojos, el cuerpo del hombre. Un muñeco de plástico dorado y otro de color plateado permanecen intactos en los escalones uno y diez (contados de abajo hacia arriba), respectivamente. SILENCIO.
Extracto de la novela Ella También Tejía (Novamendi, Astrid, 1997, Ediciones en negativo, Peru) y comentario por Alan Sobrino.
“Se acercó pausada con su irremediable sonrisa mediocre. El platón que sostenía en sus manos parecía cambiante con cada paso que daba, de pronto el viscoso liquido que contenía parecía ensangrentarse y a momentos pintarse del color del cielo en una tarde del Apocalipsis. Se sentó junto a mi y me tocó delicadamente, depositó el platón con Borscht en medio de los cubiertos que enmarcaban mi lugar en la mesa. Los exquisitos vapores de la sopa polaca ensuciaban mi cabello mientras ella acercaba su mano lentamente a mi entre pierna. Ahora me pregunto como pude escaparme de la homosexualidad con una madre como aquella. Con su otra mano llenó una cuchara de borscht que jugó simulando un avión destinado a mi boca. Pude ver la uña de su dedo gordo pintada con una simpática carita feliz que semejaba un piloto kamikaze. El borscht entró a mi boca, yo sabía de antemano que la sopa estaba aderezada con los fluidos menstruales de mi madre.
Extracto de Colores.
Esa tarde pateaste a un niño. Levantaste tu rosada pata peluda, sudorosa por dentro, aventándola contra el estómago de aquel chiquillo estridente. La confusión no tardó en llegar, pero la calma que la precedió, ese instante de liberación, te llenó de una luz de paz abrumadora. Un respiro después el ruido del llorar del niño llegó hasta tus oídos, mientras los padres se acercaban y las demás criaturas relataban lo sucedido, acusándote. el golpe del primer padre no se hizo esperar. no paso mucho tiempo antes de que algunos curiosos vieran cómo una serie de adultos furibundos golpeaban y pateaban una botarga en el suelo, una y otra vez. Por dentro reíste, con tu risa fuerte que parece un quejido constante, y te dejaste ser golpeado: el disfraz amortiguaba los golpes. al poco rato los padres se cansaron y tú, el elefante rosa, te levantaste y saliste de aquel lugar corriendo. en la calle la gente te miró con extrañeza, en la oficina donde asignaban trabajos y disfraces sólo quedaba el despido implícito, en casa te esperaba tu cama, y, con suerte, tu mujer. en vez de ir a lugar alguno y quitarte el envoltorio peludo, te quedaste dentro de él, sobre un puente peatonal, respirando por tu larga y golpeada trompa. esperaste a que lloviera confiando en que el drenaje, tal vez, se llevara aquel barritar angustioso tanto tiempo contenido.
49-A) INSTRUCCIONES PARA SUFRIR
(Para el sufrimiento provocado por el desamor. Para cualquier otra forma de sufrimiento véase el índice P09)
Escuche aquella música que produzca la mayor melancolía posible. Léase:
•Cualquier melodía, canción, pieza, disco o artista que recuerde a la persona por la cual se sufre.
•Cualquier melodía, canción, pieza, disco o artista que recuerde como la persona por la cual se sufre ya no está.
Fije su mirada en un punto vacío del espacio. Véase a usted mismo viendo ese punto. En una serie de representaciones mentales rememoré los mejores momentos compartidos con la persona por la que se sufre (Nota: el que dichos momentos sean reales o ficticios carece de importancia). A continuación imagínese de la manera más vívida y exagerada posible a esa persona siendo feliz sin usted. (Nota: Para mayor efectividad del sufrimiento se recomienda imaginarla siendo feliz con alguien más.)
Regrese a la contemplación de su contemplación del vacío previamente mencionado. Repita este proceso hasta alcanzar la total parálisis física y anímica. Señales de un sufrimiento bien logrado son la opacidad que ahora cubre a los colores que lo rodean y su nueva manera de responder a preguntas con bufidos. El completo éxito del sufrimiento se manifestará como la contemplación cíclica, infinita e inquebrantable del vacío. (Nota: Procure sufrir en privado)
Los desiertos de la muerte en la obra de Astrid Novamendi
“Tinta de desierto” (Ediciones en negativo, 2009) es la nueva novela de la brillantísima autora guatemalteca Astrid Novamendi. De publicación reciente, la autora se confirma como una de las más antiguas promesas de la literatura guatemalteca; desafortunadamente la mayoría de los países (y su editoriales) se han olvidado de la que ya podría ser una de las voces más influyentes de esta primera parte del siglo, solo comparable con Roberto Bolaño o Ricardo Piglia.








